Lo que veo cada día en adolescentes y adultos
Acompañar no es enseñar, ni mucho menos controlar lo que la otra persona hace. Eso sirve tanto para adultos como para adolescentes. El problema no es la falta de herramientas. Es la forma en la que intentamos imponerlas.
Hoy me apetece compartir una reflexión más sobre el trabajo de acompañar que sobre cómo te sientes. Porque veo muy a menudo cómo compartimentamos nuestras facetas —yo misma lo he hecho, y aún lo hago cuando me despisto—, y siento que es necesario poner luz ahí.
Soy mujer, madre, pedagoga, terapeuta, divulgadora. Y en estos momentos llevo días trabajando en un instituto de alta complejidad.
Hoy tenía cuatro chicos en clase, que no han ido a una excursión (por incidencias varias). Estaban enfadados, bloqueados por la situación, desconectados, sabiendo que probablemente tendrían bronca en casa, después de pasar 6’5h en el instituto mirando el techo -y sabemos lo largas que pueden hacerse las horas así-. Tenían un dosier por hacer, relacionado con la excursión. Y han decidido que no lo harían, porque no querían, y así lo habían verbalizado, a mí y a otros profesores que habían insistido antes.
Durante 50 minutos no intervine. Los dejé a su aire. Después me acerqué con el dosier, y les pedí que lo hicieran, explicándoles los pros y los contras de hacerlo y de dejarlo por hacer. Desde la calma. Ni siquiera protestaron. Pidieron un bolígrafo y se pusieron a trabajar.
En otro momento de mi vida, habría sentido que había “ganado”. Como si hubiera conseguido algo. Pero no hay nada que ganar.
No voy a volver a ver a estos chicos la semana que viene. No estoy acumulando puntos. No estoy construyendo autoridad para futuras clases.
Aquí los únicos que ganan son ellos. Porque han tenido espacio para sostener su enfado. Han podido regularse, y desde ahí, han podido decidir.
No necesitaban que alguien les obligara. Necesitaban tiempo para regular lo que estaban sintiendo. Cuando bajó la intensidad, tuvieron el espacio para decidir.
Y esto es lo que muchas veces no entendemos cuando hablamos de acompañar.
Creemos que acompañar es intervenir, corregir o insistir. Pero muchas veces acompañar es sostener sin invadir. Esperar sin abandonar. Estar sin imponer. Hasta que la persona puede verse.
No necesitaban que alguien les obligara. Necesitaban tiempo para salir del bloqueo. Cuando baja la intensidad emocional, aparece la capacidad de decidir. Y ahí es donde realmente ocurre el cambio.
Mi trabajo no es enseñarles únicamente un contenido. Es darles herramientas para la vida.
Sí, hay un currículum y unos contenidos que aprender. Pero lo que marca la diferencia no es eso. Es cómo aprenden a relacionarse con lo que les pasa. Y esto no ocurre solo en el aula.
Como madre, acompaño a mis hijas en su camino. Como terapeuta y pedagoga, acompaño a adultos a mirar sus patrones, sus bloqueos y sus sistemas emocionales. Y, sin embargo, seguimos actuando como si fueran procesos distintos. Como si a los adultos hubiera que acompañarlos y adolescentes hubiera que imponerles. Como si el acompañamiento tuviera edad. Pero no la tiene.
Acompañar no es hacer que alguien cambie.
Es crear el espacio para que pueda hacerlo.
Y eso, tanto en adultos como en adolescentes, pasa por lo mismo: presencia, calma, espacio. Y la capacidad de no invadir -ni invalidar- el proceso del otro.
El cambio real ocurre cuando alguien deja de sentirse atacado y empieza a entender.
Y eso no depende de la edad.
Depende de cómo acompañamos.